Desmontar no es tirar. Un desmontaje bien hecho recupera buena parte de la teja vieja, deja la estructura a la vista para poder valorarla y separa el residuo para que salga de la obra por donde debe. Un desmontaje mal hecho rompe piezas que valían, moja la casa y acaba en un contenedor con todo mezclado.
Antes de tocar una teja.
El día que empieza el desmontaje ya se han hecho tres cosas. Se ha montado el andamio con sus redes y rodapiés, y se han fijado los puntos de anclaje para los arneses. Se ha protegido el interior: el bajocubierta se cubre con plásticos porque al levantar la teja cae polvo y restos de mortero por las juntas del forjado. Y se ha decidido cuánta superficie se abre cada jornada, que es la decisión que evita disgustos.
Esa última parte es la que distingue una obra ordenada de una improvisada. Se abre solo lo que se puede volver a cerrar antes de terminar el día, aunque sea con lámina provisional. Con la previsión de lluvia en la mano, no con optimismo.
El orden del desmontaje.
Cumbrera y remates
Se empieza por arriba: piezas de caballete, limatesas y remates de borde. Muchas van tomadas con mortero y se retiran con maceta y cincel, con cuidado si se van a recuperar.
Cobijas y canales, de arriba abajo
Se baja hilada a hilada. Trabajar en sentido descendente evita pisar la parte todavía montada y reduce muchísimo la rotura de piezas.
Bajada del material
La teja recuperable baja en palés o con cangilón, nunca lanzada al contenedor. Es aquí donde se pierde la mayor parte de lo que podría haberse aprovechado.
Retirada de rastreles y lámina
Salen los listones, el papel asfáltico o la lámina antigua y, si lo hay, el aislante viejo, que casi siempre está apelmazado o húmedo.
Limpieza y valoración de la estructura
Con el soporte a la vista se revisa pieza a pieza: flechas, humedades, cabezas de viga empotradas en muro y ataque de insectos. Es el momento en que se confirma —o se corrige— el presupuesto inicial.
Cierre provisional
Al final de cada jornada, lámina y lastre sobre lo abierto. La casa nunca queda a la intemperie por la noche.
Qué se recupera y qué no.
La teja cerámica curva es la más agradecida: bien desmontada se recupera con frecuencia entre el 50 % y el 70 % de las piezas. La selección se hace en el suelo, pieza a pieza. Se descarta la que está partida, la que suena a rajada al golpearla y la que tiene la superficie descascarillada por el hielo. La que pasa el corte se cepilla, se limpia de mortero y se apila.
Esa teja recuperada se coloca después en la cobija, que es la pieza que se ve desde la calle, mientras la teja nueva va en el canal. Así la cubierta conserva el tono envejecido del edificio —imprescindible en el casco histórico y en muchos conjuntos de la provincia— con la fiabilidad de material nuevo en la parte que trabaja.
No compensa recuperar, en cambio, la teja de hormigón muy envejecida —el coste de desmontar con cuidado y seleccionar supera el de comprar pieza nueva— ni la teja plana descascarillada. Y la madera vieja se valora aparte: una viga sana de roble o pino de gran escuadría es un material excelente y se reutiliza siempre que su estado lo permita.
El orden inverso, capa por capa
Un tejado se desmonta exactamente al revés de como se montó, y por faldones, nunca entero de golpe: primero la teja (a mano si se va a recuperar), después los rastreles, después el soporte, y solo entonces queda la estructura a la vista para poder valorarla.
Ese último momento es el que de verdad importa. Con las capas fuera se ven las cabezas de viga, el estado real de la madera y los apoyos en el muro. Es el único punto de la obra en que se puede decidir con información completa, y por eso el cliente debe estar avisado de que ahí puede haber una llamada.
A dónde va el escombro.
Los residuos de construcción y demolición no pueden acabar en un vertedero cualquiera ni en el contenedor urbano. Salen de la obra hacia una planta de tratamiento autorizada, que emite un justificante de entrega. Ese documento es el que acredita que el residuo se gestionó legalmente, y forma parte de la documentación de la obra; en algunos ayuntamientos se exige para devolver la fianza de la licencia.
En una cubierta se separan al menos cuatro flujos: cerámica y escombro inerte, madera, metales (canalones, chapas, clavazón) y plásticos y láminas. Separar en obra no es burocracia: la cerámica limpia se tritura y se reutiliza como árido, y el metal tiene valor.
Fibrocemento: el caso que cambia todas las reglas.
Si la cubierta que se desmonta es de placa ondulada de fibrocemento —lo que todo el mundo llama uralita— y es anterior a la prohibición del amianto, el trabajo no puede hacerlo cualquiera. Debe ejecutarlo una empresa inscrita en el Registro de Empresas con Riesgo por Amianto, con un plan de trabajo aprobado por la autoridad laboral, personal con vigilancia de la salud y el residuo tratado como peligroso.
Y hay tres cosas que no se hacen nunca: trocear las placas, cepillarlas o taladrarlas, y usar hidrolimpiadora sobre ellas. Todo eso libera fibras al aire. Las placas se retiran enteras, se humectan, se paletizan y se retractilan.
Lo habitual es coordinar las dos empresas: la especializada retira el fibrocemento y nosotros entramos después con la cubierta nueva. Va desglosado y aparte en el presupuesto, nunca escondido en la partida de escombro.
Cuánto dura y cuánto molesta.
El desmontaje de una vivienda unifamiliar de 120–150 m² lleva entre dos y cuatro jornadas según el acceso y la altura, y es la fase más ruidosa y más sucia de toda la obra. Merece la pena vaciar el bajocubierta antes, descolgar cuadros de la planta superior y contar con que habrá polvo. A partir del montaje del sistema nuevo, el ruido baja mucho.